La formación de lectores desde la alfabetización inicial: algunas reflexiones

Ma. Luisa Díaz González*

 

Este artículo ofrece algunas reflexiones acerca de cómo formar lectores y escritores desde el primer grado de educación primaria y sobre el trabajo didáctico que las y los docentes pueden desarrollar en el aula para asegurar el aprendizaje del estudiantado a su cargo.


“…Enseñarme a leer y a escribir, es el gesto de amor, que tuvo mi papá para mí... Él me preparó para vivir…”

Camila Sosa Villada

A lo largo de mi vida profesional, como maestra de primaria, he tenido la oportunidad de dialogar con múltiples colegas – especialmente docentes que atienden o han atendido el primer grado de educación primaria– y de preguntarles acerca de su principal desafío en ese grado. Invariablemente su respuesta es:  “lograr que las y los estudiantes aprendan a leer y escribir a lo largo del ciclo escolar”; y su mayor preocupación se enfoca en la adquisición del sistema de escritura. Pero, para la mayoría de mis colegas, esa preocupación se traduce –muy puntualmente– en que niñas y niños aprendan a leer y a escribir a través del estudio de unidades aisladas (letras o sílabas) y sus sonidos.

En tanto que la escritura es un sistema de comunicación que cumple con distintas funciones sociales, el enfoque de enseñanza–que asocia letras y sílabas con sonidos aislados– no favorece que las niñas y los niños construyan significados y, por ende, se les dificulta aprender a leer y escribir. En ese sentido afirmo –con convicción y preocupación– que, para un número considerable de docentes, saber formar como personas lectoras y escritoras al estudiantado  a su cargo es una asignatura aún pendiente. Entonces, me parece justo preguntar ¿cómo se forma una persona lectora desde su ingreso a la educación primaria? A continuación, y con apoyo de las ideas de dos reconocidas especialistas, trataré de responder a esa pregunta.

Una persona lectora se forma, fundamentalmente, teniendo múltiples y muy variadas oportunidades para interactuar con la lengua escrita, o, como explica Celia Díaz[1], a partir de reconocer las distintas funciones que tiene la lengua escrita. Por ejemplo, no es lo mismo escribir, un recado, que un artículo que se publicará en la prensa. De ahí que sea necesario que en el aula se interpreten y produzcan diversidad de textos. Aún sin conocer el sonido de las letras y a partir de analizar ejemplos concretos, niñas y niños de 6 años pueden diferenciar una receta de un cuento; y también pueden producir textos como esos dictándole al docente una narración o las instrucciones para hacer limonada.

Este conocimiento e interacción gradual con diversos portadores de textos y con la posibilidad de organizar e identificar su contenido va familiarizando al estudiantado con la lengua escrita. Le permite también emitir juicios sobre lo que lee y sobre lo que escribe, aunque todavía su escritura no sea la convencional. Como en el texto siguiente en el que la autora escribió “Vengan a ver la exposición”.

 
 

Ojear y hojear libros permite a las personas lectoras en formación identificar las características gráficas de diferentes tipos de texto. Hablar sobre los libros les permite ir conociendo los diferentes espacios en los que circulan. Por ejemplo, un recetario se ubica en una cocina, mientras existe la probabilidad de  que un libro sobre el cuerpo humano sea consultado por un médico. Estos intercambios en el aula acompañados de materiales diversos van propiciando que niñas y niños desarrollen criterios claros para elegir lo que desean o necesitan leer y escribir en diferentes momentos.

En ese sentido, se pueden analizar textos en la clase para reconocer que hay más de una interpretación posible. Por ejemplo, anticipando en el grupo el contenido de un libro a partir de la lectura de su título surgirán diversas interpretaciones. O más adelante, cuando el estudiantado haya adquirido la escritura convencional, se pueden, por ejemplo, presentar en el aula frases para analizar e ir comprendiendo el funcionamiento del sistema de escritura[2], como en “No me rindo” y “No, me rindo”, que permite valorar la indispensable existencia de la “coma” y la importancia de su uso correcto para comunicar con precisión una idea.

De esa manera, y para lograr que las y los estudiantes logren aprender a leer y a escribir, en tiempo y forma,  la enseñanza debe enfocarse –desde el primer grado de educación primaria–  en plantear situaciones didácticas que permitan al estudiantado comprender el funcionamiento del sistema de escritura y sus  propiedades, para lo cual habrán de tener a su alcance múltiples y variados materiales de lectura.

 

Sobre la comprensión del sistema de escritura dice Myriam Nemirovsky[3] que el objetivo es que las niñas y los niños comprendan, desde el comienzo de su educación primaria, la diferencia entre dibujo y escritura –“dragón” no se parece a [imagen de un dragón]; las propiedades cuantitativas (como el número de letras de una palabra) y cualitativas (como las fonéticas) del sistema de escritura; la direccionalidad del sistema, que en español va de izquierda a derecha y de arriba a abajo; la ortografía, puntuación y segmentación; y los tipos de letra, como mayúsculas y minúsculas.

Por lo que se refiere a la disponibilidad de materiales, Nemirovsky alerta sobre la importancia de contar, en el salón de clases, con diversos tipos de textos organizados en una biblioteca de aula, (con una clasificación como la sugerida en la imagen de la izquierda[4]), e insiste en que el acceso a esta variedad de materiales permite al docente desarrollar un trabajo didáctico analizando las propiedades de cada tipo de texto[5].

Las disposiciones actuales de la SEP, para el primero y segundo grados de primaria contenidas en El Programa Sintético. Fase 3 concuerdan con la  visión aquí expuesta. Este documento establece que:  “…se busca que las alumnas y los alumnos interactúen de formas variadas con diferentes clases de textos, mientras se van apropiando de la escritura como medio de comunicación y van identificando reflexivamente sus convenciones…”[6] y por supuesto, van formándose como lectores autónomos, competentes.

El trabajo didáctico alrededor de las propiedades del sistema de escritura, de la diversidad textual y de las propiedades de cada uno de los textos, así como  la participación de las niñas y los niños en experiencias en donde la escritura juega un papel central y en donde la docente es quien les va guiando para que descubran y paulatinamente conozcan su funcionamiento,  les conducirá a comprender lo que leen y a  expresar con claridad sus ideas por escrito.

Aprender a leer y a escribir, en el sentido de la alfabetización inicial, es un proceso que comienza formalmente en el primer grado de primaria y que no debería tardar más de dos grados en consolidarse. Para el tercer grado de primaria cada estudiante debe contar con un dominio de la lengua que le permita continuar aprendiendo y que no limite su desarrollo escolar. En el sentido amplio, aprender a leer y a escribir es un proceso que continúa a lo largo de la vida y que, en sentido estricto, no termina nunca.

En suma, invito a promover prácticas de alfabetización inicial que formen personas lectoras y escritoras, considerando la diversidad de condiciones en las que se aprende a leer y escribir, y buscando transformar tanto las condiciones adversas arriba descritas como la necesaria formación docente que se requiere para lograrlo.

Redes sociales

Facebook: Luisa Díaz

X: @mluisadiazg

Linkedln: Ma. Luisa Díaz González

Referencias

Díaz, Argüero Celia. (2002). Conferencia “El proceso de adquisición de la lectura y la escritura en los primeros años de la escuela primaria”, Servicios de Educación Pública del Estado de Nayarit. México. SEPEN.

Nemirovsky, Myriam. (1999). Sobre la enseñanza del lenguaje escrito y temas aledaños. (9789688534182.ª ed.). España. PAIDÓS.

Secretaría de Educación Pública, SEP. (2024). Programa Sintético. Fase 3. México. SEP. https://educacionbasica.sep.gob.mx/wp-content/uploads/2024/06/Programa_Sintetico_Fase_3.pdf

Sosa Villada, Camila. (2021). El viaje inútil. Segovia, España. Ediciones La uña rota.


[1] Díaz, Celia. 2002 plantea que un lector se forma: “Reconociendo las distintas funciones que tiene la lengua escrita; interpretando y produciendo una diversidad de textos; conociendo e interactuando con diversos portadores de textos, organizando e identificando su contenido; emitiendo juicios sobre lo que lee y escribe. identificando las características gráficas de diferentes textos; conociendo los diferentes espacios en los que circulan los textos; teniendo criterios claros para elegir lo que desea o necesita leer o escribir en diferentes momentos; reconociendo que un texto tiene más de una interpretación posible; y comprendiendo el funcionamiento del sistema de escritura (el principio alfabético, la ortografía, puntuación, el conocimiento gramatical)”.

[2] Tanto el principio alfabético como la ortografía, puntuación y conocimiento gramatical.

[3] Nemirovsky, Myriam, 1999.

[4] Adaptación de la clasificación de la SEP para los Libros del Rincón.

[5] Las propiedades a las que se refiere Nemirovsky son: “la función, la trama, el autor o autores, el público potencial, la relación con lo real, la extensión, las fórmulas fijas, el léxico, las categorías gramaticales, la estructura del texto, la tipografía, el formato, el uso posterior a la lectura, el uso posterior a la lectura, el modo de lectura, la relación título-contenido, imagen-texto, el soporte, los tiempos o modos verbales, los personajes, la temática”, entre otras.

[6] SEP, 2024.


*Ma. Luisa Díaz González

Integrante de MUXED, promotora de lectura, librera y profesora de educación primaria. Tuvo cargos públicos en Nayarit, donde encabezó diversos programas de promoción de la lectura y, particularmente, una iniciativa para profesionalizar en la enseñanza de la lengua escrita a directivos y docentes de educación básica, cuyo foco fue el aprendizaje –efectivo y a tiempo– de las y los estudiantes y la participación comprometida de las familias en ese aprendizaje.




PALABRAS CLAVE

Next
Next

La educación del mañana es hoy